En la calle que
tiene tres nombres, hay un kínder junto a mi casa, a la vuelta hay una
primaria, a un costado, dos secundarias y dos pequeñas iglesias cristianas. Al
final de la calle, el reclusorio. ¿Cómo construir una historia con estos
escenarios? Simplemente, observando la realidad en donde soy testigo a diario e
involucrando a un personaje ficticio como ejemplo de varias personas.
El pequeño Iván era
un niño de cuatro años que no tenía preocupaciones: tenía una familia feliz –o
eso parecía-, pues su mamá, la señora Paty, tuvo que dejar la universidad antes
de que él naciera y su papá simplemente no quiso asumir la responsabilidad,
huyendo a Veracruz. Por lo cual, la señora estaba criando a su hijo junto con
su madre.
El pequeño iba al
kínder junto a mi casa. Entre semana he podido ver a las madres de familia que
iban platicando con sus acompañantes y atravesando la acera con sus carreolas,
mientras que sus pequeños, uniformados de azul iban caminando delante de ellas
al kínder de fachada color blanco, siendo recibidos por sus maestras con mucha
alegría en la puerta de entrada.
Algunos tutores,
llevaban de la mano a sus niños, otros los llevaban en bicicleta como Iván,
montado de pie sobre los llamados “diablitos” -unos fierros que se colocan en
las partes laterales de la llanta trasera de la bicicleta-, sosteniendo con sus
manitas la espalda de su madre mientras conduce… muy pocos llegaban en motoneta
y en auto a integrarse al abarrotado pero reducido espacio de la calle,
entorpeciendo por varios minutos el tránsito local vehicular a las nueve de la
mañana.
Su abuela, por otro
lado, tenía un puesto de dulces para sostenerlos a los cuatro: a ella, a su hija, a su
nieto y a su esposo enfermo que estaba en cama con cirrosis y a veces ella le
regalaba a su nieto un jugo de manzana para su recreo.
Dando la vuelta en
la esquina, vi nuevamente a Iván, de ocho años, yendo a la primaria. En esa
temporada me di cuenta de que se iba solo y lo recogía su abuela por las tardes,
pues su madre consiguió trabajo seis meses atrás en el mercado que está a unas
calles como ayudante de cocina. Mientras tanto, su abuela, quien estaba cada
vez más cansada, seguía vendiendo dulces en el puesto en donde está el kínder.
Cuando él iba en segundo de primaria, su abuelo había muerto.
Un día, el papá de
Iván, el ahora señor Juan Carlos, quien se dedicaba a la venta de automóviles, apareció
en escena en el mercado con mucha hambre, encontrándose accidentalmente con la
madre de su hijo que no reconoció entonces. Tuvieron que pasar ocho años para
que Paty le refrescara la memoria. Entre ruegos, disculpas y cortejos, el señor
Juan Carlos no logró recuperar a Paty a su lado, salvo conocer a su hijo, con
quien convivía poco.
Tiempo después supe
que, cuando el pequeño Iván terminó la primaria a los doce años, su abuelita falleció de un
coma diabético. Ahora su madre estaba atendiendo el puesto de dulces afuera del
kínder. Por otro lado, la relación de Iván con su padre no era buena, puesto
que solamente lo veía una vez a la semana, y su tiempo de convivencia consistía
en llevarlo a comer al mercado y regresarlo a casa.
Con muchas
complicaciones económicas, Paty hacía todo lo posible para que Iván tuviese su
uniforme de secundaria impecable. Sin embargo, el ahora muchacho ya comenzaba a
vivir sus arranques de adolescente, de rebeldía. Sus calificaciones no eran sobresalientes,
pero logró pasar a segundo de secundaria a los trece años.
El muchacho
solamente tenía que caminar unas cuadras de su hogar a la secundaria, el cual
era un rumbo un tanto peligroso, no solamente porque algunos de sus vecinos se
la pasaban afuera de sus casas con una cerveza en la mano, sino que a veces
ocurrían asaltos en las noches, puesto que la calle no estaba suficientemente
iluminada.
Tiempo después,
Paty estaba experimentando más complicaciones económicamente, siendo que ella
solo se mantenía junto con Iván, ya que el padre de su hijo nunca los
apoyó, quien -por cierto-, dejó de visitarlo cuando cumplió catorce años. La
consecuencia fue que Iván ya estaba teniendo problemas de bullying en la escuela. Era un muchacho tímido, casi no hablaba en
clase y sus calificaciones eran malas, con el riesgo de repetir tercer año. Quería mucho a su mamá y quería apoyarla económicamente, pero no sabía
cómo.
Esta noticia llegó
a los oídos del “Lunetas”, un vecino moreno, delgado, tatuado, demacrado con bigote y siempre llevaba una gorra gris, camiseta interior blanca y pantalón de mezclilla deslavado. El señor tenía cuarenta años y vivía en el edificio contiguo de la unidad en donde vivían Paty e
Iván. Un tipo muy misterioso, serio, que siempre escondía algo. Incluso, los
mismos vecinos eran prudentes y sabían su oficio: vendedor de drogas.
Necesitaba un “burro” para seguir distribuyendo su mercancía en cantidades
menores para liquidar sus deudas.
Sobra decir lo que
pasó después y es muy predecible: cada vez veo más muchachos caminando, o sobre
sus bicicletas o motonetas transitando por esa calle de los tres nombres.
Incluso, hay muchachas acompañándolos, consumiendo o vendiendo mercancía. Además, escuché por ahí del significado de cuando alguien -literalmente-,
cuelga unos tenis en los cables de la luz… no solamente es un símbolo de que alguien haya
muerto: es que en ese rumbo se vende droga. Y creo haber visto un par el mi calle de los tres nombres.
Lo último que supe fue que la señora Paty sigue vendiendo dulces en las mañanas afuera del kínder,
por las tardes se va a comprar bolillos en la panadería que está detrás de su casa para vender tortas afuera del
reclusorio y, -cuando puede-, va a visitar a su hijo al reclusorio.
¿A dónde se fue el
sueño de aquella chica que quería ser una profesionista? Un desliz con Juan Carlos cambió su vida.
Intentó darle lo mejor al fruto de su amor: su tiempo, educación y buenos valores, mas, por la desesperación, su obra de arte en ese niño se vino abajo.
A veces, he visto pasar
a la señora Paty, de treinta y dos años, asomándose de manera curiosa a un par de iglesias cristianas
que están en esa misma calle de los tres nombres, buscando a un Dios con la
esperanza de que Él se lleve su desesperación y logre sacar de la cárcel y de
las adicciones a su hijo.
Y la historia se
repite con más niños que un día van al kínder, y al otro terminan vagando por
esa calle en una adolescencia sumida en la oscuridad, con una mona con olor a guayaba en su mano. Mientras que los otros
niños, quienes alguna vez fueron sus compañeros y amigos de la escuela, lograron romper esos estereotipos, convirtiéndose en las obras de arte que sus
padres habían labrado por medio de sus esfuerzos… pero -creo-, han sido muy pocos los que lograron emprender el camino correcto.

Vivo en la calle de
los sueños rotos…
(Insisto: es una
historia ficticia, basada en cosas que he visto por mi calle).



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